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Bienvenido, hoy es: 20 de febrero de 2018

La Historia de un Chrysler Windsor 1948

 

 

Al rescate de un veterano La Historia de un Chrysler Windsor 1948


Por: Roberto A Nigrinis V

Lo primero fue ir a verlo, no tenía tan mal aspecto, pese al haber sido convertido en ropero por el vigilante de un condominio cercano, motel de paso para amantes furtivos y clandestinos, posiblemente una “olla” para consumir droga y cuarto de juegos para niños traviesos e imaginativos, que se deleitaban simulando girar el gigantesco timón y accionar su palanca de cambios ubicada en la columna de dirección.
Realmente el olor que emanaba del interior del viejo auto, era poco atractivo, se sospechaba que estaría cundido de pulgas, e incluso se alcanzó a pensar que podría haber sido convertido en guarida de roedores. Lo primero se superó con una buena fumigación, y lo segundo se descartó con una rigurosa inspección visual, con no poco temor de ver salir de entre las sillas una enorme rata, entre furiosa y asustada, que la verdad quien escribe no sabe que podría ser peor.

 

 

 

 

Pero antes de poderlo negociar, tuvieron que eliminar de la puja al vigilante de un edificio cercano, quien pretendía adquirirlo por $300.000, para convertirlo en un camioncito, previa aserrada de la parte trasera de la carrocería, o en el peor de los casos venderlo por chatarra, con lo que no hubiera alcanzado a recibir ni $100.000.
Alberto se comunicó con dos amigos suyos, y los entusiasmó con el proyecto de comprar el viejo automóvil, a lo cual accedieron. Cada uno aportaría la tercera parte de los $500.000 en que fue convenido el precio de venta, su dueño era un opita simpático y bonachón, que hasta plazo les dio a los “tres mosqueteros” para la cancelación del valor total.



Ahora si comenzaba la verdadera aventura, se debía llevar el carro a su nuevo hogar, una finca ubicada en Cota Cundinamarca. Para tal fin contrataron los servicios de una grúa, quien pasó las duras y las maduras para mover los 1.600 kilos del Chrysler, ya que varias veces tuvo que detenerse, al notar que el gancho que sostenía en el aire al auto, cedía ante la pesada carga. Por fin llegaron a su destino, y comenzaba la aventura, había que averiguar si el motor funcionaba, lo cual era un enigma, se tenía información que llevaba a abandonado unos 2 años, y que desde esa época no se encendía.
Se revisaron platinos, distribuidor, carburador e instalación de alta. Todo tenía buen aspecto y apuntaba a funcionar. Se trajo la batería de otro vehículo y se comenzó la faena, primero se retiraron cientos de pelos del gato que moraba encima del motor en la frías noches bogotanas. Habrían transcurrido unas tres horas, cuando después de múltiples intentos, por fin el motor encendió, bocanadas de humo negro cargado de hidrocarburos mal quemados salían por el escape, y hacían llorar a toda la concurrencia, pero esto fue mejorando, hasta que emparejó su marcha. Ahora se escuchaba un sonido fuerte y parejo. La primera prueba estaba superada, el motor funcionaba, ninguno de los tres socios de este proyecto había reparado en ello, ya que no importaba realmente si el motor estaba bueno, o malo, ya que de estarlo, lo arreglarían y listo.



 

En los siguientes días se comenzó a proyectar el trabajo, mientras tanto los paseos por las carreteras cercanas, aprovechando cualquier excusa para viajar en él. Aunque vale la pena recordar que los únicos pasajeros eran sus tres dueños, algún ingenuo sobrino o hijo obligado, pero jamás alguna de sus esposas, o persona cuerda, pese a informarles que estaba fumigado, y que luego de exhaustiva requisa se había comprobado la ausencia total de roedores o cualquier clase de alimaña repugnante. Bueno es comprensible, subirse a un carro viejo, de tan mal aspecto, que los podría dejar tirados en cualquier momento, obligando a sus pasajeros a tener que empujar su inmarcesible peso, y lo peor subirse en un auto en el que quien sabe que no habrían hecho, sobre sus aún mullidos y amplios asientos, pero rotos, desteñidos y hasta malolientes, tapizados en Terlenka azul rey y rebosantes de espuma amarillenta saliendo por sus innumerables agujeros....

Se comenzó la reparación del puente delantero que estaba roto, y su rueda delantera izquierda casi acostada. Se trajo un soldador y se procedió a remendar el puente y a cambiar los viejos tornillos, por unos nuevos grado ocho, por cierto el famoso puente estaba más que quebrado y las cáscaras de huevo no servirían de nada para rehabilitarlo, ya que estaba bastante dañado. Esto garantizaría por lo menos que la llanta no terminara de acostarse del todo.


Luego se iniciaron los trabajos de mecánica, el primer aspecto a corregir fue el cambio de la caja de dirección, que estaba dañada, ya que para mantener el carro en línea recta en la carretera, había que girar el timón con frenesí en las dos direcciones, intentando trazar una trayectoria lo más recta posible. Además se cambiaron los terminales de dirección, que mostraban el mismo estado de deterioro de la caja. El proceso fue arduo y largo, primero levantar el vehículo más de 40 cm. del piso, para poder sacar la caja de dirección, con caña y todo, pero con lo que no se contaban era con que algún “genio” de la mecánica, había soldado en alguna ocasión la caña al timón. Para separarlos tocó recurrir a la segueta, no es fácil olvidar un domingo de 1998, en que se comenzó con el trabajo a las 12 del día y se terminó a las 11 de la noche. Este fue solo el trabajo de desmontar la caja de dirección. Luego vino el montaje, de una nueva caja de dirección y de su respectivo timón, adquiridos a un comerciante, que los había quitado de un auto similar, que se encontraba desde hacía 30 años en los patios de la circulación.

 

 

 

Posteriormente se inició el proceso de desarmado de todos los elementos de la carrocería, tales como emblemas, defensas y todos los ornamentos, para proceder luego a pelar hasta la lámina, la maltrecha pintura existente.
Se utilizaron varios galones de removedor, espátulas y grata, hasta dejar el metal totalmente libre de pinturas anteriores, y toneladas de hueso duro, aplicadas para evitar pelar la lámina escrupulosamente, o para cubrir pequeñas imperfecciones.
La labor de pintura se inició, con gran entusiasmo, el pintor, un odontólogo entusiasta, pero sin la menor idea del trabajo que iniciaba, rociaba primero fondo rojo, y luego pintura azul oscura con su pistola recién comprada, e impulsada por un viejo compresor. El trabajo parecía terminado después de varias jornadas. Finalmente los resultados saltaron a la vista, la pintura había quedado muy gruesa, el disolvente que les habían vendido era de la peor calidad y el acabado jamás sería óptimo. La verdad, debían confesarlo fue lo que menos les importó, ya que se habían divertido muchísimo haciendo un trabajo de pintura, del cual no tenían la menor idea de hacer, y el cual los resultados se encargaron, y aún hoy lo hacen, de recordarles la vieja y sabia frase, zapatero a tus zapatos, después de infructuosos esfuerzos de sus orgullosos propietarios, un ingeniero eléctrico, de un periodista y de un odontólogo con pretensiones de pintor automotriz por sacarle brillo a su obra de arte.


Al viejo auto, le faltaba en su tablero el indicador de temperatura, algún conocido de sus dueños les indicó que en un parqueadero, se encontraba abandonado un auto similar, del que podrían sacar partes faltantes a cambio de unos pocos pesos. Uno de los dueños se dirigió al lugar, allí le mostraron el carro, y le comentaron que lo que necesitara debía quitarlo el mismo, ante la disyuntiva, se introdujo en el automóvil abandonado, el olor era insoportable, había cartones y cobijas, pero era los de menos, con gran habilidad retiró el elemento necesario y lo extrajo. Una vez estuvo afuera fue informado que este vehículo era la habitación personal de un indigente que recoge cartón y papel para reciclar. Nuestro valiente explorador y su preciado trofeo se dirigieron a su casa, al llegar la esposa del valiente aventurero le preguntó… ¿De donde vienes, que hueles terrible? A lo cual tuvo que contestar con la verdad, ella no se disgustó, pero le sugirió con gran amabilidad que se quitara toda la ropa, y que se diera un buen baño, incluso que sería recomendable, un champú contra piojos. Nuestro héroe, pese al mal olor y a imaginar como sería el habitual habitante del carro abandonado, se mostraba satisfecho por el deber cumplido.


Hoy casi catorce años después de aquel 12 de abril de 1998, domingo de pascua, para ser más exactos, piensan que valió la pena haber salvado un hermoso auto, de las garras del olvido y de la extrema practicidad del celador, que quería cortarlo para convenirlo en un camioncito, o en un arrume de chatarra, creyendo que se iba a ganar una gran cantidad de dinero con ello.


Hoy el auto, sigue en proyecto de restauración, que no se sabe cuando se terminará. Ya tienen varios metros de buen paño, comprados por la esposa de unos de los socios, y que se supone reemplazarán algún día a la horrible Terlenka azul rey, como cobertura de sus mullidas sillas, que si pudiesen hablaran cuantas cosas nos contarían, luego de más de 60 años de vida y las cuales sufrierón la mano malintencionada de un véndalo que la cortó de lado a lado con un cuchillo.Los socios se han retirado uno a uno y sólo ha quedado como propietario uno de ellos quien piensa buscarle un comprador que retome el trabajo y lo concluya.

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