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Bienvenido, hoy es: 18 de diciembre de 2017

Mi Primer Carro

 

MI PRIMER CARRO

 

Por: Juan Pablo Torres Espinosa
Especial para www.carrosyclasicos.com

 

En este relato, todas las experiencias de velocidad se iniciaron con los patines, la bicicleta, la patineta o los famosos carros de balineras elaborados con los amigos del barrio y los consecuentes consejos de los padres, todos unos expertos en el tema; y las horas que se pasaban allí, recorriendo una y otra vez las calles tan conocidas, de arriba abajo, aún se guardan en nuestros corazones, en nuestra memoria y en la esencia de los seres en los que nos convertimos.

Mas adelante, cuando las aventuras debían salir de las calles conocidas, recorridas y que tantas veces nos recibieron después de una caída, el vehículo de movilización debía ser tan o mas osado, que se pudiera dominar y controlar, pero sobre todo, que nos permitiera avanzar por las calles a la mayor velocidad posible y con relativa seguridad (aunque para decir la verdad, este factor no era importante en aquella época, salvo para evitar la caída). Cuando en mi vida llego éste momento, con mis amigos de colegio se optó por la bicicleta, que además nos permitía asistir a las casas de otros compañeros a hacer trabajos en grupo, visitar a la novia, ir hasta el colegio los días sábados (en el vecino municipio de Suba) y hasta pensar en algún momento en dar paseos un poco mas largos. Y en mi caso particular en solitario, algún tiempo lo había dedicado al difícil arte del dominio del monopatín y en algunas ocasiones con osados amigos o primos de aventuras, éramos el dolor de cabeza de los vigilantes de Unicentro o la angustia personificada de los asiduos visitantes de la carretera que conduce al vecino municipio de La Calera. Aun ahora, al regresar en el tiempo, sigo pensando que los mejores pisos para montar en monopatín son los de Unicentro, que las mejores aventuras en bicicleta eran la antigua carretera a Suba (antes de una de tantas reparaciones, adecuaciones o, debemos decir malformaciones terminaran con ella y los paseos dominicales por las carreteras de la sabana de Bogotá.

En todos éstos momentos de aventuras, agitación y liberación de adrenalina había temas de conversación obligados y otros que no. Los obligados obviamente las mujeres, los problemas con los amigos o de las familias de los amigos y los carros. Hablando ya de carros, estaban en boga como autos nuevos el R4 Plus 25, el R6, la serie de R12 de la casa Renault – Sofasa en la década de los 70, de la casa Mazda estaban iniciándose las importaciones de los primeros 323 a principios de la década de los 80 y que posteriormente serían ensamblados por la CCA , y los Dodge Polara, 1500, Alpine, Dart y el Coronet de Chrysler-Colmotores. La gama no era mucha para apreciar, pero los gustos se batían entre estos modelos. Y lógicamente, el menú se ampliaba con revistas como Mecánica Popular que traía lo ultimo de Estados Unidos y Europa en magníficas fotos y algunos afiches que los amigos podían traer del exterior; de otro lado y sin mucho impulso, estaban las series de televisión de dicha época, en las que se iniciaron muchos sueños infantiles o juveniles, amores platónicos, deseos de grandeza y aventuras o sencillamente como para muchos jóvenes de hoy, un medio para pasar el tiempo.

Recuerdo que en mi casa paterna se estrenó en el año 1973 un R6 color amarillo Mostaza (cuya placa aun recuerdo AI 5389 ) y que resultó del negocio de venta de un preciosísimo Plymouth Savoy de 1954 color verde (conste que a esta venta el único opositor fui yo, pero que le iban a parar bolas a un mocoso de 7 años – había que progresar me dijo mi padre-). Ese mismo año y por necesidades de familia y de negocios, se estrenó igualmente un Nissan Patrol. Al año siguiente, mi hermana recibió como premio por su ingreso a la universidad, un precioso R4 color Rojo. Cuando se vive en una familia de 6 hijos, de los que mi hermana es la única mujer, obviamente el regalo no se vió con envidia: pero los sueños de tener el primer carrito, se hicieron latentes en mi imaginación y soñaba con tener un vehículo envidia de muchos: un Dodge Demon 1974, color mostaza y una raya negra de cola a trompa, carro que aún en la calle despierta mis sueños y que por muchas razones, nunca compré.

Transcurre la adolescencia con la llegada de nuevos vehículos al país (pocos para decir la verdad) ya que dependíamos de las ensambladoras nacionales. Sin embargo, las series de TV muestran cada vez más y mejores autos, que ponen a soñar la imaginación, los lápices sobre el papel para dibujar y los colores rojo, negro y azul oscuro son los preferidos. La ilusión de poder tener un carrito son cada vez mas grandes y se debe contener el deseo dedicándose al lavado de los carros de la casa el fin de semana, las lecciones de conducción de mi padre en el Nissan (gracias a mi padre por haberme enseñado a conducir como lo hago ahora) y las palomitas que dan de vez en cuando: “mijo, lléveme a hacer el mercado” (era lo mas lejos y largo que permitía mi madre y aunque uno pensara “que hartera ir hacer mercado, la posibilidad de poder conducir lo hacia tentador).

 

Campero Nissan

Al ingresar a la Universidad , la necesidad es latente, casi imperiosa. Ahí entendí el porque de la preocupación de mi madre y mi padre de comprarle el carro a mi hermana). Y mis hermanos, ya se habían hecho a sus primeros carritos que aunque usados, tenían el gusto y el sabor de nuevos. Las necesidades de aquella época, eran solventadas con el transporte público y cuando había mayor necesidad en la casa prestaban el carro para salir con la novia. Y la frase de siempre que se pedía el carro prestado: “cuando trabaje y tenga con que, se puede comprar su carrito”, hacía que el sueño fuese cada vez más grande.

Por aquellos días, mi padre tuvo un revés económico en el que la posibilidad de perder algún dinero era muy grande. La solución de su deudor, fue darle en parte de pago un carro, una camioneta Ford Ranger 100 modelo 1974, y que cubría la deuda casi en su totalidad; la decisión fue aceptar el vehículo con la posibilidad de venderla mas adelante y recuperar el dinero. Aun hoy, el vehiculo se encuentra en el garaje de la familia.

 

Ford F100 1974 que aún conservo

No solo los deseos de aprender, sino las necesidades de “hágalo usted mismo”, hicieron que aprendiera mecánica con mi padre, con el método del ensayo y error. Algunas veces me quedaba bien el arreglo y otras no. Aun recuerdo mi primera varada en el carro prestado de mi padre: un 31 de Diciembre en el que un carro se apaga a las 11 de la mañana, diagnóstico: ni idea. Urgente un mecánico por favor. Sol como pocas veces se veía en Bogotá y un carro que no prende, y el deseo de estar en casa con la familia además de la desesperación de la varada en la que uno solo piensa en botar el carro a la caneca de los inservibles.. Mi novia en aquel entonces y quien hoy es mi esposa, tomó las cosas con la altura y el buen humor que la han caracterizado siempre: tranquilo, me dijo: “Peores cosas se pueden ver en la vida, mas bien tomémonos una cervecita y así no nos cocinamos con el calor”. Finalmente, mi hermano menor aparece con un mecánico (creo que nunca le he dado los reales agradecimientos por hacerme el favorcito del mecánico como se lo ha merecido), y se soluciona la varada, salva el día y la fiesta de fin de año. El carro, al garaje hasta el 5 de enero.

Después de contraer matrimonio y de haber empezado como la mayoría de los colombianos, con una mano adelante y la otra atrás, el destino hace coqueteos e inicia el proceso de sonrisas motivantes y alicientes que permiten pensar que las cosas mejorarán. Pero aunque todo va relativamente bien, hay una anécdota que empuja las decisiones. Después de un angustioso 24 de diciembre en el que no había forma de regresar a casa con un bebé recién nacido a las 2:00 a.m. y de haber descartado todas las posibilidades existentes, finalmente aparece un taxista, que además de llevarnos a casa sanos y salvos, no cobró la carrera. En aquella época la carrera mínima costaba $500 pesos y la nuestra había registrado en el taxímetro $2.500 pesos. Aun hoy, doy gracias a Dios por el milagrito.

 

 

Mi carrito en la Vitrina del Concesionario Carcaice

A la semana siguiente, iniciamos el proceso de búsqueda de cualquier carro, que pudiésemos adquirir con los escasos recursos que había en ese momento, y contando con una liquidación que debía salir por aquellos días. Entre tanta vuelta y averiguación, llegamos finalmente a un Renault 4 modelo 1970, de la familia de una cuñada y el cual a última hora, habían decidido vender por la módica suma de $300.000.oo pesos. Para mi, una fortuna; pero cuando se tiene un bebé recién nacido, se vive lejos y los ingresos permiten vivir una modesta y bien ajustada vida, no había posibilidad diferente. Así, mi primer ´"pichirilo" fue un hermoso Renault 4, modelo 1970 de color blanco en buen estado de mantenimiento y conservación, pero ya con 22 años de uso.

Nos dedicamos en familia a cuidar nuestro medio de transporte de forma casi obsesiva, teniendo además en cuenta el amor que sentía por los automóviles. “El hijo bobo” decía mi madre y “el hijo que no ha tenido” decía mi padre: esto dado que ya tenía dos hijas mujeres, soles de mi vida.

 

En la Vitrina de Carcaice

El carrito estuvo con nosotros por espacio de 5 años, cuando después de sonrisas de la vida, pudimos pensar en cambiarlo para mejorar. Con lágrimas de mi esposa en los ojos, cerramos la transacción con la hermana de un muy buen amigo mío. El precio les digo la verdad, no lo recuerdo, pero el carrito, partió aquel día de mi casa, mas no de mi vida.

Casi dos años después, recibo una llamada de mi amigo quien me informa que su hermana acaba de vender el carro, y que el nuevo dueño lo ha adquirido para ponerlo en la vitrina del concesionario Renault junto al recién lanzado Twingo (que en algún momento se creyó era el reemplazo del muy famoso y fiel R4). El corazón me da un vuelco. Como así, pensé. El carro estaba bien cuidado, había sido objeto de muchos mimos y cuidados pero nunca llegue a imaginarme que tuviese esa altura. Con un poco de escepticismo, fui 6 meses después a ver la vitrina: que alegre sorpresa, que orgullo, y a todos los que tenían que ver con el carro, les decían que yo había sido su dueño.

De todas las experiencias obtenidas a través de los carros, se desprende una serie de pasos e intervalos por marcas, modelos y tipos de vehículos diferentes que le enseñan cosas a sus dueños: paciencia con las varadas, tolerancia con sus limitaciones, aplicación de conocimientos teóricos y prácticos y en algunos casos algunas personas aun ponen nombres a sus carros y los tratan como a niños consentidos. Pero realmente de todo esto, lo único que realmente queda grabado en la memoria, es el cariño entrañable que se siente por el primer carrito, el del gran esfuerzo, el símbolo de la superación. Por eso hoy les digo a quienes puedan tener la oportunidad de leer este artículo: los carros viejos son para algunos eso, carros viejos y para muchos, puede ser su primer carrito. Evitemos cometer actos de canibalismo en los carros, convirtiendo hermosos modelos antiguos en carros de transporte, recortando sus techos para convertirlos en “pick ups” y llevando acarreos desde Corabastos a las muchas calles despavimentadas de Bogotá; tengamos algún sentimiento de amor y aprecio, por quienes en algún momento han representado papeles importantes en la historia de nuestra nación y nuestro desarrollo. O si no, que lo diga el nuevo para la época, Chrysler Windsor 1948 incinerado el 9 de Abril de 1948 en las calles de Bogotá, uno de tantos que terminó su vida en este nefasto día.

Mercury 1950 modificado para acarreos

 

 

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