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Bienvenido, hoy es: 13 de noviembre de 2019

Desfile de vehículos antiguos en Medellín 2008

Textos y fotografías: Camilo Ernesto Hernández Rincón.
Especial para www.carrosyclasicos.com

 

 

 

A este punto ha llegado el desfile de la capital antioqueña: con antecedentes que se remontan a la creación del primer club en 1965 y a salidas informales de unos cuantos carros viejos en manos de algunos aficionados por esos días, y que evolucionó a mediados de la década pasada a lo que es hoy, no sin tropiezos generados por la oscura época en que se relacionaba equivocadamente la posesión de un carro antiguo, a actividades dudosas. Los primeros organizadores lucharon por esos días ante las autoridades para borrar dicho estigma y lo lograron. El fruto está en un certamen que se reconoce legítimamente como un patrimonio de Medellín para el deleite de sus ciudadanos y del turismo. Tanto así que hasta revistas especializadas como la Motor Clásico española reseñó el desfile del año anterior en su calendario de actividades.
Es así como el tradicional periódico antioqueño, la Fundación Museo del Transporte de Antioquia y diversos patrocinadores, con alianzas estratégicas de clubes como ACLA, CLAM y el Automóvil Club de Colombia, retomaron la aventura logística de montar el desfile de este año, cuyas utilidades nuevamente se destinaron tanto a la tradicional Fundación Santiago Corazón como a otras veinte entidades. Se convocaron de nuevo a clubes y propietarios de diferentes ciudades del país y a delegaciones internacionales, y por primera vez se oficializó el desfile de motocicletas de época como abrebocas del certamen que así transcurrió:


LOS PRELIMINARES DE LA MAÑANA
Días antes llegaban en niñeras o propulsados por su propios motores los vehículos y sus respectivos propietarios con familia y amigos, sorteando valles y montañas, como si se tratara de la respuesta tardía del país a la colonización antioqueña. El viernes 8 se reunieron en la sede de El Colombiano de Envigado, hombres y autos para reglamentar el evento y registrar documentación.
La ciudad de la eterna primavera amanecía ese sábado 9 con cielo azul y relativa nubosidad pero sin amenaza de lluvia. A tempranas horas llegaban los casi 290 protagonistas del desfile: Desde los que sólo se ven en películas y fotos, hasta los que eran “como uno que hubo en mi casa”. Desde los deportivos y lujosos de vida muelle hasta los jubilados dignamente bajo el ropaje de camionetas o camperos. Desde los que nacieron con privilegiada sofisticación de fábrica, hasta los que se ganaron en las calles su estado de históricos por derecho propio. La logística se ponía en marcha: Registro de carros y participantes con todo y adhesión de insignias a las puertas, el respectivo parqueo por épocas en sótanos y parqueaderos, cierre gradual de vías por parte de la policía, entrega de escarapelas… El sol se abría paso en el cielo y hacía brillar aun más los colores de este ramillete de flores de acero y cromo que tomaban su lugar asignado mientras la gente los admiraba, preguntaba y los participantes se procuraban comidas y bebidas para el camino, al igual que bloqueador solar ante la advertencia de los organizadores y la experiencia de los asistentes. Los trajes de época según modelo estaban al por mayor y las cámaras tomaban escenas de hippies, caballeros de sombrero, damas de traje, arrieros en Jeep y niños de corbatín sonrientes. Algunos más discretos pero vestidos con propiedad de camiseta, chaleco y gorra con emblemas de marcas automotrices también departían mostrando motores, cabinas, velocímetros y arrojando impresiones sobre tal o cual modelo. Siempre se es un historiador amateur en estos instantes. En las afueras de El Colombiano había un público ávido de aletas, “colaepatos”, portasuegras y demás maravillas mientras en balcones de casas y tribunas el público tomaba su lugar. El gran programa del día se iba formando y el entusiasmo por ver “carros viejos bien bonitos” iba in crescendo. Para los que no pudieron salir (al igual que los que no fueron a Medellín) quedaba la opción de seguirlo por sus televisores en la transmisión de Teleantioquia conducida por Juan David Burgos y Jaime Ochoa.

Faltando veinte minutos para las 11 de la mañana, los altavoces de El Colombiano convocaban a la arrancada protocolaria. Los ocupantes tomaban posiciones mientras las notas del himno nacional resonaban. En la puerta principal del edificio los miembros del comité organizador emitieron las recomendaciones de rigor e inauguraron el desfile. Al micrófono estuvieron Luis Miguel de Bedout, gerente de El Colombiano y Luis Alberto Moreno, director del Museo del Transporte de Antioquia, echando de menos la presencia del alcalde municipal, Alonso Salazar. Se recordó que el desfile de Medellín era el evento de ciudad más grande, educado, alegre y hermoso realizado durante la Feria de las Flores en palabras del señor de Bedout. Se hizo un minuto de silencio a la memoria del desaparecido José María Chavaza, participante entusiasta de pasados desfiles nacido en Argentina pero radicado en Ecuador, (el mismo que en una versión del desfile paró su carro para abrirle el baúl y dejar volar una bandada de palomas como deseo de paz para Colombia). Finalizadas las palabras inaugurales con el himno antioqueño, comenzaba el gran concierto de motores 8 en V, 4 a 6 en línea y bicilíndricos “bóxer”. Toda la orquesta empezó su melodía al girar de manivelas y llaves de encendido.

 

…Y ARRANCA EL DESFILE
La música de motores y el coro de bocinas que salía a cuentagotas de El Colombiano, comenzaba a sonar. Como es tradición, aparecen primero los modelos más recientes cuyo límite se marcó en los primeros años de la década del 70, descendiendo cronológicamente hasta llegar a los más antiguos ubicados en los locos años veinte. El recorrido saldría a un lado del almacén Éxito de Envigado y la fábrica de Peldar en sentido occidental girando a mano izquierda por el Estadio Municipal para tomar el Parque Central donde estaban las cámaras de Teleantioquia trasmitiendo, ascendiendo por la 38 sur al Hospital Manuel Uribe Ángel y girando al sector de Aguacatala por la avenida El Poblado donde por el carril contrario el tránsito detenido se dedicó a contemplar sin queja y con entusiasmo la invasión de autos del pasado. Ya entrado el desfile en Medellín, se giró hacia el norte por la Licorera de Antioquia, bordeando el cementerio de Campos de Paz, detrás de la pista de despegue del aeroparque Juan Pablo II y el sector de La Mota, ganando la avenida 80 y cruzando el sector de San Juan donde los espontáneos en la calle y los usuarios del sistema Metro en la estación Estadio no dejaban de contemplar el desfile. Traspasado el sector de la Unidad Deportiva Atanasio Girardot, se giraba de nuevo por la Autopista Sur bordeando el rio Medellín y el sector de La Macarena, desviándose en la oreja de la calle 30 para retomar por un momento la Avenida del Poblado, bajar a la Avenida de Las Vegas y finalizar el desfile en los parqueaderos de EAFIT. Todo el recorrido les tomó a los participantes cerca de cinco horas.

 

Hubo de todo y para todos los gustos. La obertura estuvo a cargo del club antioqueño de Vespas, luego saldrían Lambrettas y otros ejemplares oriundos de BMW o Zundapp de Alemania, contabilizando 60 motos. De las dos llantas a las cuatro merecen mención especial los 17 impecables modelos fúnebres de la colección San Vicente con carrocerías Hearst, Superior o Flexible montadas en Cadillacs, Packards, Buicks y Pontiacs, (como diría Cantinflas en una de sus películas “daban ganas de morirse ahí”). De ahí en adelante se reconocieron participantes de toda la vida que no pueden faltar: Entre Mustangs, VW Variant, Chevelles, Triumphs, Datsun Z y otros representantes de los años 60 y 70, salió la multicolor VW Combi 1968 hippie que ya es institución. El cuerpo de Bomberos sacó sus camiones, en especial el American La France de 1919, con todo y reina de Antioquia. La Cuarta Brigada del ejército mostró sus Jeeps y AM General camuflados, junto con los infaltables Willys adoptados por los cafeteros, mas un Toyota Land Cruiser carpado de los años 60. Y como en la historia cabe todo, dos incunables militares de VW: un campero Iltis y el Kubelwagen, famoso en el Afrika Korps de Erwin Rommel. Infaltables el rebelde Pontiac GTO y los glamorosos Corvettes 1961 venidos de Bogotá.

El protagonismo de la historia automotriz colombiana hasta los años sesenta casi siempre nació en Estados Unidos. Sin embargo los MG TD ingleses también estaban ahí, un exótico Morgan con esqueleto de madera, los Mercedes Benz 220, 180 y al menos una “pagoda” 230 circularon haciendo brillar la estrella de tres puntas bajo el cielo antioqueño. De la marca inventora del automóvil se destacan dos modelos 180: un curioso coupé plateado y un raro modelo a dos pinturas blanca y negra de 1961 que perteneció a los Gómez Martínez (directores de El Colombiano). Un exótico Morris 1948 que se ganó sus placas de antiguo este año. Como no, los escarabajos de Volkswagen siempre son animadores de cualquier desfile, y en especial si son “splits”, ovales o convertibles de origen Karmann. Los stops en forma de cola de pez (o de ojo de gato en el caso del Chevrolet 59 que circuló), las bomperetas de proyectil y el cromado copioso de los años cincuenta mueven legiones de admiradores que reconocen el primer carro que hubo en la casa bajo los escudos de Chevrolet, Ford, Dodge, Cadillac, Studebaker y demás catedrales de Detroit fácilmente catalogables por año. Entre los raros representantes se pueden enumerar un Cadillac Fleetwood del 56, impecables versiones Station Wagon de la Ford 1953, Chevrolet 1956, y en especial la escasa Nomad amarilla de ese mismo año, sin dejar de enumerar la Chevrolet Delivery Panel del hipotético Taller Maya de 1952, ejemplares meritorios todos por sobrevivir al abuso en el que suelen morir estos aparatos de trabajo. Sin olvidar un rarísimo Packard Clipper 1956 y añoradas Pick Ups de Chevrolet o las sonrientes persianas de la serie F de Ford.

El retroceso cronológico hacia los carros de los años cuarenta comprendió ejemplares de la familia Chrysler con un alargado Windsor del 48, Plymouths varios con su Mayflower transparente en el capó, Fords 1948, y Chevrolets Fleetmasters. Pero a toda buena orquesta no le puede faltar su piano de cola para que el concierto suene con altura: Aparecen dos autos clásicos imponiendo la autoridad del desfile: un Lincoln Continental Coupé rojo de 1942, Raro ejemplar construido justo cuando Estados Unidos entraba en la Segunda Guerra Mundial. Algo más atrás circulaba otro señor carro: Una limusina negra Packard 1939 que cuenta parte de la historia colombiana al ser el transporte particular del presidente Eduardo Santos. Más Fords de la naciente motorización de 8 cilindros en V, Chevrolet 1931 y 1932 (como el primero de esa especie salido de la fábrica de Flint en Michigan), Buicks con portasuegras y carrocerías cerradas o abiertas de la controversial época de la depresión mezclada con el hampa. Retrocediendo aun más en los tiempos del radiador y la farola descubiertos con pito ronco, sale otro clásico a completar la terna de los tenores: Un gigantesco Packard de 7 puestos de 1929, que tal como en su famoso eslogan, invitaba a preguntar mucho a quien lo está manejando. Claro está, varios ejemplares del modelo A de Ford de fácil reconocimiento según año por la forma del radiador. Más raros de ver sorprenden un Overland 1929 rojo con medidor de combustible en el tanque trasero del carro, un fastuoso Hudson amarillo de 1930 con tablero diseñado al mejor estilo “Art Deco”, un bellísimo Pontiac 1928 con su cabeza de indio en el radiador, y entre los finales, El modelo T Touring de Ford recorrió Medellín con dignidad (el gran auto del siglo XX), edad (1924 representando cien años) y gobierno (primer carro popular de la historia).

LAS PERSONAS, EL GRAN MODELO CLÁSICO DEL DESFILE.
Este gran consejo de ancianos de la tribu automotriz, (algunos no pudieron circular del todo por los achaques de la edad) congrega en torno suyo a miles de personas, quizás a un millón, que hacen que tanto este desfile que tuvo lugar el 9 de agosto como los anteriores y los que vendrán sea el evento inolvidable que nadie se quiere perder y que compita cabeza a cabeza con el desfile de silleteros. Tan admirable como el Ford T, lo es su conductor vestido con gorra, tirantas y medias a rombos, acompañantes incluidos. Igualmente los ocupantes del largo convertible de los sesenta vestidos de bota-campana, peluca y balaca como el carro mismo. ¿Qué decir del arriero de carriel, poncho y sombrero aguadeño y la chapolera con quienes se identifica el antioqueño que se suben al Jeep? La preparación del atuendo de época se aplaude tanto como dejar el carro impecable para este día único del año en Medellín, pues eso garantiza el júbilo de un público agradecido y emocionado que debe sentirse privilegiado al ver que su ciudad se convierte en un gigantesco museo rodante.

Porque el espectador que sale a la calle con su familia, una nevera portátil, sombrilla, silla plegable, cámaras, y hasta el perro, también se merece estas líneas. El mismo que en medio del entusiasmo pide al carro que pasa que le pite, que convierte automáticamente y de corazón al automovilista visitante en paisano suyo cuando lee la ciudad de origen en el parabrisas, que llama la atención con un disfraz y se toma el desfile a carnaval popular, que es feliz sabiéndose comportar, que hace parar por un instante el tráfico por una foto al pie de un modelo que le gusta (a pesar de lo discutible que pueda ser el acercamiento excesivo a los carros en algunos trayectos para algunos), que intenta entablar diálogo preguntando por el modelo del coche diciendo que en su casa hubo uno así, que le señala al hijo pequeño lo lindo que es tal convertible o cual camioneta… En fin, el observador que volea pañuelos a ambos lados del recorrido representado en miles de hombres, mujeres y niños de toda edad y condición también saca la cara por el orgullo antioqueño y no deja de ser el beneficiario final que disfruta enormidades y aprende al menos un poquito de ese pasado mágico que encierra un motor envuelto en un cuerpo de acero del pasado sobre cuatro ruedas.

Porque cuando pasan los silleteros, es Antioquia la que pasa… pero cuando pasan los antiguos y clásicos, es la historia la que pasa por Antioquia.

El autor desea agradecer a organizadores y participantes que le permitieron estar dentro del desfile, sin cuya colaboración, este cubrimiento habría sido imposible.

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